Toronto Hispano publicará los mejores cuentos en español

Toronto Hispano compartirá los mejores cuentos del concurso de cuentos en español en Canadá
Toronto · Publicado el: 3 marzo, 2014

Guillermo Rose, fundador del concurso anual de cuentos en español “Nuestra Palabra” a nivel Canadá desde el año 2004, y Toronto Hispano presentarán desde este miércoles 26 de febrero y cada semana un cuento de la selección de los mejores trabajos presentados en la última edición. En esta primera entrega presentamos el cuento “Las cajas del Tío Pablo”, escrito por Humberto Clavería y condecorado con la Mención Honrosa en el X Concurso de Cuentos Nuestra palabra 2013.

«LAS CAJAS DEL TÍO PABLO»

Por Humberto Clavería

Cuando  en el noticiero de la mañana anunciaron que la llegada del huracán  a tierra firme  era inminente,  el tío Pablo  se llenó  de angustia porque  la última ventolera fuerte hacía más de veinte años le había arrebatado  lo que más amaba. Su madre le había repetido hasta el cansancio que vendiera  esa casa y comprara otra  en un pueblo cercano, en tierra  firme, alta,  lejos de la orilla del mar,  pero él  a pesar de que  recordaba  bien los  desastres del pasado,  parecía  aferrarse a los recuerdos y se resistía a moverse  de allí. Agobiado por la noticia comenzó con  urgencia a cargar las cajas de cartón que tenía en el subterráneo a un lugar seguro en el primer piso.  En ellas guardaba todos sus recuerdos: sus cosas más amadas, poemas, libros, fotos de la familia, su testamento, y todas las  pertenencias de su amada  Rebeca. Un par de veces había querido empacar  la ropa de Rebeca y llevarla  a una de esas tiendas de caridad, pero sacarlas un centímetro fuera de la casa era como decirle adiós a ese amor tan grande,  como poner en la calle a su propio  corazón, y él, nunca iba a  estar preparado para eso.

Días antes lo había visitado una asistente social del gobierno tratando de evaluar  su situación en la vejez y había recorrido la casa, y le había dicho que sería mejor deshacerse de todas esas cajas, que debía ser más práctico, real, que todo ese desorden era peligroso, y se estaba transformando en un hoarder,  en un “cachurero”.  Él estaba seguro que para ella era fácil decirlo, pero si se hubiese metido en sus zapatos, y hubiese sentido lo que él sentía, cómo su corazón se exprimía de dolor sólo al  pensar de poner todo en la basura, ella no lo habría mencionado jamás, porque allí estaba concentrada toda su vida, y en cada cosa guardada  estaban pegados los recuerdos como hongos difíciles de extinguir, y renunciar a ellos era  como morir en vida. Quedó  entristecido  con la visita de la  mujer, y  con la insinuación de que  botara lo que más amaba.  Además,  le parecía injusto que lo haya llamado “cachurero”, que le haya achacado ese trastorno mental que él conocía muy bien.   Había pasado acarreando las cajas desde que vio el noticiero de la mañana, un esfuerzo que no debió hacer a sus setenta y  seis años, que después  del mediodía cuando se tendió extenuado sobre el sofá  casi  no se  podía mover  porque   le vino un dolor agudo en la espalda,  un espasmo muscular que el doctor llamaba lumbago. De inmediato estiró un brazo hacia la mesita de centro  y  alcanzó el frasco de los analgésicos y relajantes  musculares y  se tomó dos tabletas de una. Su gato que estaba tan cansado como él y que lo había seguido sin parar de arriba para abajo, se echó sobre una de las cajas   presintiendo  que estaban a punto de mudarse.

Allí acostado sobre el sofá el tío Pablo jamás se imaginó el momento que estaba viviendo  solo y sin ayuda, al darse cuenta,  estupefacto, como  el día se iba  obscureciendo  mientras  el viento huracanado  soplaba  cada vez más fuerte, indomable, haciendo crujir los cimientos de la casa,  y la lluvia  azotaba el  ventanal   como anunciándole que pronto entraría por cualquier rincón, y se quedaría por largo rato rompiendo sus recuerdos.

De pronto,  se estremeció con  el  estruendo de la caída de un árbol  en el  patio, junto con  un  apagón eléctrico que lo dejó en una obscuridad indescriptible,  seguido por  el ruido de  una gota de agua que  empezó a filtrarse y caer amenazante   desde el techo al piso de la sala.  Se enderezó, y a tientas  encendió una linterna. Un frío extraño le recorrió todo el cuerpo. Sobresaltado, abrió una de las cajas,  donde encontró  aquellas  cosas que eran los tesoros más preciados de Rebeca su mujer amada, ausente, ida, muerta. Ahí estaban  sus cartas amarillas,  sus canciones preferidas, sus poemas dedicados, y  decenas de fotos en sepia estropeadas por  el  tiempo.  Se acomodó los lentes  y leyó un poema, luego  otro, luego una carta,  luego otra, esas de un 14 de febrero. Con nostalgia repasó algunas fotos.  Pensó  que  no volvería  a llorar, pero todo estaba impregnado por la magia de los recuerdos que iban cobrando vida  ahora que ella estaba tan distante, y él listo para ser desechado como  escombro inservible  después de una guerra. Volvió a tenderse sobre el sofá  alucinado con  esos  momentos que estaba evocando, y  como un resplandor fugaz del ayer le habían venido a iluminar a su alma ensombrecida  por una gruesa capa de tristeza. Cerró sus ojos  imaginando el pasado,  y pudo escuchar las voces, las risas, las palabras de antaño, la eterna algarabía de los niños,  el viejo murmullo de una antigua alegría.

Se despertó cuando golpearon a su puerta. Era ya de día, y una patrulla de la defensa civil de la guardia nacional  deseaba saber quienes vivían allí y en qué  condiciones estaban. Uno de ellos gritó: Anybody home?  Y él  respondió con voz temblorosa a través de la mampara, en su inglés con acento hispano: Yes… only me and my cat… and we are still alive.

Abrió la puerta y encontró  a un grupo de socorristas que  estaba asistiendo a  personas abandonadas en los barrios  más afectados por el huracán,  ahora, con sus calles inundadas por torrentes de lodo que había dejado el mar  embravecido por la fuerza de  los vientos  de la súper tormenta.

La partida fue rápida, sin la opción de arrepentirse y volver por los recuerdos. Lo abrigaron con una manta, y uno le dijo: Let’s go grandpa!–  y él tomó la caja con su gato, y lo subieron en una ambulancia  rumbo a un refugio.  Un sollozo profundo le estremeció  su alma llena  de  recuerdos  al  despedirse de su casa desbaratada  que  poco a poco se fue borrando de su vista llorosa  en el horizonte de esa mañana fría de noviembre. La ambulancia  hizo un giro,  y,  con sus llantas medio sumergidas en el barrial,  comenzó a alejarse lentamente de la costanera  por una avenida hacia tierra firme y alta, lejos de la  Jersey Shore.

El tío Pablo había sobrevivido a la tormenta,  al rugido del viento, al frío, a las aguas  tempestuosas, a la soledad y la oscuridad de esa noche interminable aferrado al recuerdo vivo de su  gran amor,  Rebeca,  que solamente la muerte podría borrar de su mente.

Nuestra Palabra

Guillermo Rose

En 1980 emigra a Toronto con esposa –María del Carmen Sánchez- hija Cecilia, hijo Allan, contratado por Bailey & Rose. Creador, Director y Organizador del concurso anual de cuentos en español “Nuestra palabra”, a nivel Canadá, desde 2004.

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